miércoles, 22 de febrero de 2017

Nocturnos de Oliverio Girondo

The Old Hall Under Moonlight (1882)John Atkinson Grimshaw.


1

No soy yo quien escucha 
ese trote llovido que atraviesa mis venas. 

No soy yo quien se pasa la lengua entre los labios,  
al sentir que la boca se me llena de arena. 

No soy yo quien espera, 
enredado en mis nervios, 
que las horas me acerquen el alivio del sueño, 
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido, 
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes. 

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas. 


2

Debajo de la almohada 
una mano, 
mi mano, 
que se agranda, 
se agranda 
inexorablemente, 
para emerger, 
de pronto, 
en la más alta noche, 
abandonar la cama, 
traspasar las paredes, 
mezclarse con las sombras, 
distenderse en las calles 
y recubrir los techos de las casas sonámbulas. 
A través de mis párpados 
yo contemplo sus dedos, 
apacibles, 
tranquilos, 
de ciclópeas falanges; 
los millares de ríos 
zigzagueantes, 
resecos, 
que recorren la palma desierta de esa mano, 
desmesurada, 
enorme, 
adherida al insomnio, 
a mi brazo, 
a mi cuerpo 
diminuto, 
perdido 
en medio de las sábanas; 
sin explicarme cómo esa mano 
es mi mano, 
ni saber por qué causa se empeña en disminuirme.


3

Me asomo a los ladridos.  

¿Qué hace este árbol despierto? 

Las sombras no se apartan,  
se aprietan a sus cuerpos. 

No me agrada esta calma,  
este silencio muerto,  
sin carne,  
puro hueso. 

A través de la veta, mineral, de una nube,  
aparece la luna. 

Ya me lo sospechaba. 

¿Qué hacer? 
                                ¿Qué hacer? 

La miro. 
             Quiero ulular. 
                                             No puedo. 


4

Y tú también
quejido,
inútil,
extraviado,
de tranvía ya loco
de trajes
y de horarios;
adentro de mis venas,
en mi tiempo,
en mis huesos,
mezclado a mi silencio,
a mi pulso,
a mi fiebre,
a todo lo que impregna
esta vigilia estéril,
con ritmo de gotera,
de persiana que se abre
y golpea, golpea,
aquí,
adentro de lo hueco,
donde estoy confinado,
recluido entre tendones,
asomado a los párpados,
aquí,
entre azoteas,
ventanas,
moribundos,
vajillas que se bañan,
rodeado de papeles,
de todo lo que sufre
mi presencia obstinada:
los libros,
la ceniza,
los lápices,
la silla,
el pelo y la dulzura
que se acerca, y me mira,
la mesa
y el ropero,
con sus trajes ahorcados,
la cama que me espera
—el velamen tendido—
anclada en la penumbra,
¿en el sueño?,
¿en la vida?,
las cortinas,
la alfombra,
que miro y me entristece
cuando voy a sacarme,
con calma,
los botines,
y llega algún recuerdo
fragmentario,
perdido:
las plazas de mi infancia,
un camino,
una casa;
las manos,
las caderas,
las piernas amputadas
de mujeres diluidas
por las horas,
los ruidos,
que suelen detenerme,
de pronto,
en la certeza
de haberlas poseído
entre muebles extraños;
mientras oigo la calle,
la noche que oscuramente muge,
como una vaca enferma,
al ir a cobijarse
en los grandes hangares
que orinan los inviernos,
mientras salen los trenes,
taciturnos,
quejosos,
que van hacia la aurora
desgarrando el silencio,
con un grito oxidado
que se mezcla a mis nervios,
a mi tinta,
a mi sangre.


5

La lluvia,
con frecuencia,
penetra por mis poros,
ablanda mis tendones,
traspasa mis arterias,
me impregna,
poco a poco,
los huesos,
la memoria.

Entonces,
me refugio
en un rincón cualquiera
y estirado en el suelo
escucho,
durante horas,
el ritmo de las gotas
que manan de mi carne,
como de una gotera.


(Persuasión de los días, 1942)

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