sábado, 25 de febrero de 2017

La solución imprevista

Ladislav Postupa.

Bolsitas de té dejando rastros amargos
que desembocan en verte, verte en tempestad,
sin ser la ideal invocación de mis pensamientos
sino algo mejor,
lo incontrolable de vivir,
lo que me supera y relega a la humildad
de un cuerpo y su reclamo.

Qué quieres decir cuando hablas del abismo,
a qué atenerse, con qué tentarse cuando hablas
de caer desde el despunte de mis pezones,
cuando hablas de la cobertura parcial
de una prenda incompleta y de su significancia.
¿No ves que nada cubre en realidad la verticalidad
de la atracción? Hallo placer al renunciar a la
expresión precisa de mis miembros.
Tan sólo busco la bendición de tu accidente,
saber que la inutilidad no esconde ningún sentido

más allá del que tú quieras darle.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Nocturnos de Oliverio Girondo

The Old Hall Under Moonlight (1882)John Atkinson Grimshaw.


1

No soy yo quien escucha 
ese trote llovido que atraviesa mis venas. 

No soy yo quien se pasa la lengua entre los labios,  
al sentir que la boca se me llena de arena. 

No soy yo quien espera, 
enredado en mis nervios, 
que las horas me acerquen el alivio del sueño, 
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido, 
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes. 

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas. 


2

Debajo de la almohada 
una mano, 
mi mano, 
que se agranda, 
se agranda 
inexorablemente, 
para emerger, 
de pronto, 
en la más alta noche, 
abandonar la cama, 
traspasar las paredes, 
mezclarse con las sombras, 
distenderse en las calles 
y recubrir los techos de las casas sonámbulas. 
A través de mis párpados 
yo contemplo sus dedos, 
apacibles, 
tranquilos, 
de ciclópeas falanges; 
los millares de ríos 
zigzagueantes, 
resecos, 
que recorren la palma desierta de esa mano, 
desmesurada, 
enorme, 
adherida al insomnio, 
a mi brazo, 
a mi cuerpo 
diminuto, 
perdido 
en medio de las sábanas; 
sin explicarme cómo esa mano 
es mi mano, 
ni saber por qué causa se empeña en disminuirme.


3

Me asomo a los ladridos.  

¿Qué hace este árbol despierto? 

Las sombras no se apartan,  
se aprietan a sus cuerpos. 

No me agrada esta calma,  
este silencio muerto,  
sin carne,  
puro hueso. 

A través de la veta, mineral, de una nube,  
aparece la luna. 

Ya me lo sospechaba. 

¿Qué hacer? 
                                ¿Qué hacer? 

La miro. 
             Quiero ulular. 
                                             No puedo. 


4

Y tú también
quejido,
inútil,
extraviado,
de tranvía ya loco
de trajes
y de horarios;
adentro de mis venas,
en mi tiempo,
en mis huesos,
mezclado a mi silencio,
a mi pulso,
a mi fiebre,
a todo lo que impregna
esta vigilia estéril,
con ritmo de gotera,
de persiana que se abre
y golpea, golpea,
aquí,
adentro de lo hueco,
donde estoy confinado,
recluido entre tendones,
asomado a los párpados,
aquí,
entre azoteas,
ventanas,
moribundos,
vajillas que se bañan,
rodeado de papeles,
de todo lo que sufre
mi presencia obstinada:
los libros,
la ceniza,
los lápices,
la silla,
el pelo y la dulzura
que se acerca, y me mira,
la mesa
y el ropero,
con sus trajes ahorcados,
la cama que me espera
—el velamen tendido—
anclada en la penumbra,
¿en el sueño?,
¿en la vida?,
las cortinas,
la alfombra,
que miro y me entristece
cuando voy a sacarme,
con calma,
los botines,
y llega algún recuerdo
fragmentario,
perdido:
las plazas de mi infancia,
un camino,
una casa;
las manos,
las caderas,
las piernas amputadas
de mujeres diluidas
por las horas,
los ruidos,
que suelen detenerme,
de pronto,
en la certeza
de haberlas poseído
entre muebles extraños;
mientras oigo la calle,
la noche que oscuramente muge,
como una vaca enferma,
al ir a cobijarse
en los grandes hangares
que orinan los inviernos,
mientras salen los trenes,
taciturnos,
quejosos,
que van hacia la aurora
desgarrando el silencio,
con un grito oxidado
que se mezcla a mis nervios,
a mi tinta,
a mi sangre.


5

La lluvia,
con frecuencia,
penetra por mis poros,
ablanda mis tendones,
traspasa mis arterias,
me impregna,
poco a poco,
los huesos,
la memoria.

Entonces,
me refugio
en un rincón cualquiera
y estirado en el suelo
escucho,
durante horas,
el ritmo de las gotas
que manan de mi carne,
como de una gotera.


(Persuasión de los días, 1942)

domingo, 19 de febrero de 2017

Escorrentía

Сonspiracy of pleasure, Sabina Shpriz.

No ha parado de llover entre la migraña y el fuego,
los fotogramas se atropellan y la secuencia se interrumpe
justo a la mitad. Tus manos entonces se dibujan
sobre el vientre, sombras que juegan
a revertir catástrofes naturales,
hojas cayendo interminablemente
ante el temor a una palma vacía.
Dejando de lado las bridas y las formas,
atajando el camino por una anécdota adyacente
al busto, cada cuerpo es un misterio suspendido
sobre un terreno poroso que lo invita a persistir.
Tierra mojada de verbos, mácula cruel del beso
precedente al desgarro, dudas carcomidas a la intemperie.

No ha parado de llover desde que te marchaste,
porque tu ausencia es la excesiva sed del deseo
dilatado en afluentes imposibles.
Prefiero mantenerte intacto en el recuerdo
y sumergirme en él que conocer el acierto
de la remisión.
Siendo tributaria de tu mar indiferente,
participando de los estuarios de tu excentricidad,
acato fiel el castigo y retorno a ciudades nocturnas 
desde el desvelo con un ramaje de precariedad.
Asfalto y rocío en una sola tirada,
fiebre y compasión
por este cuerpo
que se te entrega bajo una luz amarilla y discreta
sin los remilgos de la primera juventud,
sin la apatía de las parejas que conocemos,
con un hervor que acaece en cada vértebra.
La pérdida es el broche del encuentro,
disociación de superficies en la proyección
de tu piel desnuda, en el coloquio elemental
de tu vigor, la cuerda tensada se rompe
y sólo nos queda la escorrentía y su trayecto
en mil renglones de incapacidad
para decirte si no es con
el éxtasis de mi deserción
de la indolencia, elijo el vértice
que germina, el peligro de
ser
la ruina
de tu rebosamiento.

domingo, 5 de febrero de 2017

De un recuerdo impostado de Barcelona

Bohème (1891), Santiago Rusiñol.


Vuelvo, busco y nada queda de esa búsqueda,
ya no hay amor a la deriva, sólo la paz convexa
de un mar asfixiante.
Al fin brindo por ello,
y por mi voz
quebrándose
en la extensión nebulosa de un trayecto equivocado,
y por mi voz
quebrándose
en ese bar mientras observaba a una muchacha bonita vestida a lo garçonne,
y por mi voz
quebrándose
en ese escalón irrisorio de un portal de Tallers sin que tú dijeras nada.

Me fui tratando de preservar la visión intacta
de un sueño muerto antes de nacer. Así decían
que era en mis tempestades, eco de una voz frágil
y constantemente atemorizada.
Nada es bueno desde la pubertad,
me decía, y con miedo y con rabia
me forjé un destino emparedado de consistencia fugaz.
Sus grietas me brindaron nuevos desaciertos
y algunas joyas.

Hoy todos mis fantasmas se congregan formando un coro
que repite:
aquello que llamas vivir es en realidad morir.
Y yo respondo:
no puedo salir de mi inercia, por ella sobrevivo;
no quiero seguir haciendo lo que hago, pero sigo;
no quiero seguir viviendo, pero vivo.
Y así hasta encontrar una razón.
Y así hasta no querer morir.
Continúo:
y así hasta encontrar una razón.
Y así hasta no querer morir.
Las parcas ríen:
aquello que llamas vivir es en realidad morir.
Continúo:
querer vivir, en realidad, y morir
no como razón
sino como proceso ineludible y su perpetuación
en cada bocanada
redefine por momentos la existencia
elevando las negociaciones laxas del instante
como centelladas de verdad,
como retazos itinerantes,
como únicos sedimentos plausibles
para estas manos.
La calle  vacía:
en realidad morir.
El señuelo que soy yo misma:
y sentir, sentir sus garras
en ese vuelo hacia mi vieja estancia
en esa habitación del pecho.
Me asomo a su ventana y veo
un mapa de probabilidades
más o menos favorables,
más o menos prudentes,
intactas.
Pienso que esa danza de las formas es templada y bella
y que el privilegio de perderse no se puede eludir.
Estoy tentada a incidir y reinvento el pasaje.