domingo, 10 de julio de 2016

Configuración de la última orilla: tres poemas.




LEJOS DE LA FELICIDAD

Lejos de la felicidad.

Sumirse en un estado que se asemeja a la desesperación, sin lograr no obstante alcanzarla.

Una vida a la vez complicada y sin interés.

Desvinculado del mundo.

Los paisajes inútiles del silencio.

Un amor. Uno solo. Violento y definitivo. Hecho pedazos.

La gente está desencantada.

Todo aquello que tiene en su naturaleza surgir, tiene en su naturaleza cesar. Sí. ¿Y qué? Yo la amé. La amo. Desde el primer momento ese amor fue perfecto, completo. En realidad no se puede decir que el amor aparezca; más bien, se manifiesta. Si se cree en la reencarnación, el fenómeno resulta explicable. La alegría de reencontrarse con alguien que ya conocemos, que siempre hemos conocido, desde siempre, en una infinidad de encarnaciones anteriores.
Si no se cree, es un misterio.

Yo no creo en la reencarnación. O, más bien, no lo quiero saber.

Perder el amor es también perderse a uno mismo. La personalidad se esfuma. No nos quedan ni las ganas, no contemplamos ya siquiera lo de tener una personalidad. Ya no somos, en sentido estricto, más que sufrimiento.

Lo mismo es, con diferentes modalidades, perder el mundo. El vínculo se rompe de inmediato, desde el primer segundo. El universo es, al principio, extraño. Luego, poco a poco, se vuelve hostil. También él es sufrimiento. No hay nada más que sufrimiento.

Y siempre esperamos algo.

El conocimiento no entraña sufrimiento. No podría de ninguna manera. Es, con exactitud, insignificante.
Por las mismas razones, tampoco puede entrañar felicidad.
Todo lo que puede entrañar es cierto consuelo. Y ese consuelo, muy débil al principio, se vuelve poco a poco nulo.

En conclusión, no he podido descubrir ninguna razón para buscar el conocimiento.

Imposibilidad repentina ─y aparentemente definitiva─ de interesarse por cualquier asunto político.

Todo lo que no sea puramente afectivo deviene insignificante. Adiós a la razón. Ya no hay cabeza. Sólo corazón.

*

El amor, los demás.

Los sentimientos hacen mejor al hombre incluso cuando son de infelicidad. Pero, en este caso, lo mejoran matándolo.

Hay amores perfectos, plenos, recíprocos y duraderos. Duraderos en su reciprocidad. Es ése un estado supremamente envidiable, todos lo sentimos así. Sin embargo, paradójicamente, dichos amores no suscitan ningún tipo de celos. Simplemente existen. Y, simultáneamente, todo lo demás puede existir.

Desde que desapareció, ya no puedo soportar que los demás se separen; ya no puedo soportar siquiera la idea de la separación.

Me miran como si fuese a ejecutar acciones ricas en enseñanzas. Y no es el caso. Estoy a punto de sucumbir, eso es todo.

Quienes temen morir temen, de igual modo, vivir.

Tengo miedo de los demás. No soy amado.

La muerte, tan maleable. 


*

Me he venido al jardín donde reposas
Envuelta por el silencio
Se ponía el sol y el cielo se cubrió de rosa,
Y me ha dolido tu ausencia.

Siento tu piel contra la mía,
Lo recuerdo lo recuerdo
Y quisiera que todo volviese
Estaría bien. 


Michel Houellebecq, Configuración de la última orilla, Barcelona, Anagrama, 2016. 

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