domingo, 13 de marzo de 2016

Estrella muerta

Time is a river without banks (1930-1939), Mark Chagall. 

La reiteración de soñar contigo apenas me parecía importante
por la cantidad de años que viene sucediendo y por asumir
que serás la herida inquebrantable o ese virus que retorna
de vez en cuando, sin embargo anoche cuando volví a soñar contigo fue radicalmente diferente. Es decir, como siembre había sexo y palabras enormes que se extendían como las siete plagas. Como siempre el azul gélido inyectado en sangre de tus ojos. Pero esta vez el sueño no asumía su infranqueable trecho de irrealidad y de forma más tangible que las caricias pesaba la verdad de que habíamos vuelto, y sobre todo: pesaba la dicha de que habíamos vuelto. En esa realidad, a pesar de las imágenes recurrentes, a pesar de follar con furia, se iniciaba un intervalo de tiempo en el volvíamos a nuestros respectivos mundos y éramos felices porque habíamos vuelto. Menuda estupidez. Hablábamos por el chat como siempre. Conversaciones exaltadas apenas sin interrupción, devorándonos y agotando todo el tiempo posible sin aborrecernos. Tecleábamos ilusionados, y yo te veía sonriendo y tú me veías sonriendo, ambos desde nuestras respectivas distancias. Y luego yo me iba a hacer cosas y seguíamos hablando por el móvil. Los mensajes esos de siempre que seguramente nos daría vergüenza enseñar a alguien porque son bastante ridículos, aunque nosotros somos unos románticos con muy mal gusto y nunca nos ha importado. Y luego nos volvíamos a encontrar y después de follar con tenacidad íbamos a mirar colchones, creo que habíamos follado en un sofá y precisábamos de una buena cama. Entonces íbamos por un pasillo con muchas puertas, y en cada puerta había una habitación de diferentes características y con colchones diferentes. Nos asomamos a una en la que el colchón estaba lleno de manchas sobre un suelo cubierto de paja y apenas había luz y yo te decía que no estaba tan mal teniendo en cuenta la clase de zulo en el que tú dormiste durante años.  Entonces cernió una certeza que tornó el sueño en pesadilla y me despertó. Una certeza que persistía también estando despierta. Y seguía mientras tenía los ojos abiertos y esperaba que se disipara. Pero no lo hizo. Cómo era posible si agotaste todas las formas de extinguir la única luz en este tugurio hacia el que avanzamos inciertamente. Sí, la certeza colosal: todavía te amaba y jamás volveríamos juntos. Todavía te amaba y siempre iba a ser así, ese instante iluminado era como una estrella muerta que a años luz donde yo me encontraba constataba su existencia y acompañaría mis pasos durante el resto de mi vida y por eso debía asumir que a pesar de toda la destrucción a la que me llevó, ese sentimiento era puro e indefectible y por lo tanto esa nostalgia dolorosa que me acechaba aparecería más veces, a pesar de que hacía dos años que no lo hiciese, y que seguiría apareciendo con irregularidad y constancia y que yo debía saber que eso no cambiaba que tú anularas todas las posibilidades de vivir una vida juntos, que eso no cambiaba que cada punto invertido en el que estábamos anclados lo corrompiera todo, que cada mirada nos diera una esperanza absurda, más allá de las decisiones vitales la estrella estaba allí, más allá de tus mierdas, más allá de mis traumas, más allá de no volver a confiar y de no volver jamás, repito, ese instante riela en la sombra del corazón, que es el último lugar al que llega la muerte. Tu nombre. Apenas un delirio y vuelta a empezar. 

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