jueves, 25 de febrero de 2016

Visceralidad, un principio de mi supuesta escritura, de mi no-poesía y de mis pocas y muchas ganas de vivir.


Fuimos a buscar trabajo. Todas esas verdades a medias que pretenden categorizar las malas costumbres. Rechistar. Fuimos a buscar trabajo, era mediodía y acabamos tomando dos cañas que hicieron del resto del día una suspensión subyacente en cada gesto vacío. Estaba perdida en la parálisis de mi estómago, algo inevitablemente atrayente y agotador, cada vez más adentro y ajeno. Estar fuera de tu cuerpo, observar como la vida continúa sin ti, sin necesidad siquiera de que asientas. Como en Siddharta, dejarse corromper y  purgase al máximo para que nada dé resultado, entonces. Ver que la banalidad tiene un ritmo imparable que no precisa de ti. Tu cuerpo se sigue moviendo pero tú no estás allí. En el territorio de la despedida, un surco, se esconden las conversaciones más poderosas, aquéllas que jamás sucedieron. Sigues hablando pero no estás en posesión de lo que dices. Llega hasta mí el huracán y estoy preparada para descomponerme. Te ves abocada a la inercia como una ola de gravedad. Soy superviviente o convaleciente, según se mire. Tu cuerpo ha sido invadido por la costumbre y ya no te necesita. Hemos perdido, amor. En este lugar grisáceo viertes tu tiempo y observas la desposesión de tu vida. Y sin embargo no estás sola del todo. Hay algo que te hace sentir desdichada y poderosa al mismo tiempo. Conexiones. Como si tras el telón de la renuncia se escondiera la estancia perfecta de la hiperconsciencia, una pérdida constante. En donde menos esperabas. La desesperanza y sus frutos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario