domingo, 17 de enero de 2016

Una minúscula historia sobre el fracaso o la estética pessoana de la abdicación

Shadow (1982), Andrei Tarkovsky.

Vivieron creyendo dejar de lado todo aquello
que les fue efímero y consecuentemente vital.
Creyeron prescindir de las herrumbres
y las marquesinas resplandecían,
cada uno en su intemperie acomodada.
Pero el valor del acato era demasiado tenue
y no había forma de extinguir la culpa
por ser mediocres, por llorar ante el televisor
con cualquier excusa, por abastecerse de
ilusiones superfluas.
Temían mirar atrás y mancharse de sangre las manos
al deslizar la mirada por el campo abierto
colmado de cadáveres. Cada uno un sueño distinto,
una invocación al desabrigo que retó a las lagunas más gélidas
y acabó por imponerse. El frío retorno al hogar.
Y el canto de madrugada. La llamada a un nuevo fin
que era la vida. La vida, dijo, desposeer
y tentar: los sueños revientan y quizá por eso estemos vivos.
Los sueños se nublan y la oscuridad es como la robustez
de un árbol abrazando el invierno.
Su voz se extendía hacia las grutas más profundas
pero nadie del exterior escuchó una sola palabra.  

1 comentario:

  1. Es triste ver cómo las mimosas se obstinan en florecer a pesar de todo.

    ResponderEliminar