sábado, 26 de diciembre de 2015

Las cosas que te decías cuando te creyeron dormida

On being an angel (1977), Francesca Woodman

Hacíamos el amor como los cangrejos, aunque no sé cómo diablos deben hacer el amor pero seguro que debe implicar algún tipo de inversión en el tiempo. Porque en nuestro caso era invertir al Mesías y cuando eyaculabas era como una especie de escupitajo tibio y tierno, como ácido sulfúrico que poco a poco hacía que mi pecho y mi vientre y mi sexo se allanaran y fueran más transitables para tus intempestivas palabras y visitas. El amor era una inversión en el tiempo, como una cicatriz en la frente que da clarividencia y pesar a partes iguales. Quizás con el tiempo el tiempo volvería a restablecerse. El paso volvería a invertirse y caminaríamos hacia el sentido correcto de las cosas, aunque nadie sepa cuál sea.  Por eso mismo subsanar la inversión conllevaría las mismas consecuencias, e incluso las agravaría. El caso es que la trayectoria era circular y por eso mismo había que abortar el círculo y arrancarlo con tenazas si hacía falta. La forma más fácil fue la que tú elegiste, ésa siempre fue tu manera de hacer y deshacer las cosas. Así, tú optaste por la indiferencia, la indolencia que con los años probablemente se convertiría en una cirrosis ya que  esto no va como un plan de pensiones y en vez de un colchón resulta que estás cavando tu propia tumba. Yo siempre elegía la muerte antes que la clase de muerte que tú siempre elegías y tras la aniquilación final no renací sino que me mantuve desde la renuncia a toda perspectiva. Ya apenas recuerdo mi propia nostalgia, o la recuerdo de forma diferente. Estamos socavando el tiempo para que se pegue un testarazo y cada mirada siembre su propia historia de infinitos exilios. Cada cual con sus venganzas y cordialidades. El terreno sigue húmedo a pesar de tanta sequía y el silencio nutre cada palabra como la sombra de un amor muerto ilumina lo desconocido. 

viernes, 25 de diciembre de 2015

Sobre el por qué una persona no puede mantener los párpados abiertos mientras estornuda


No hay que dar de comer a un ángel comida para aves,
no hay que llorar sobre la espalda de una muchacha
a la que están a punto de crecerle dos alas de miel
porque ya lo sabéis;
cada segundo pasa desapercibida la muerte de un picaflor,
cada segundo un diccionario se convierte en un cementerio para gorilas
y la nieve que suele acumularse en la sonrisa de las flores
se convierte en el agua que terminan bebiendo dos castores enamorados.
Cada segundo echan a un pájaro de una biblioteca,
suben las tasas universitarias
y la mujer de la que hablaremos luego cae desplomada repentinamente
debido al ataque de un enjambre de besos.
Cada segundo un elefante llora desconsoladamente en un zoológico
al darse cuenta de que le es imposible saltar,
cada segundo un pez de colores pierde la memoria
y una luciérnaga se queda sin un duro para pagar el recibo de luz.
Cada segundo un obispo se combe un bocadillo de bogavante
y cinco sueños se rompen de un sopetón al caerse de tus manos
un jarrón lleno de promesas.
Cierto, me enredo como un ciempiés en patines,
no sé escribir y para tener algo que decir
recurro a recoger los vidrios rotos del amanecer aquel en el que nos conocimos
entre los grillos de la transparencia.

¿Pero qué puedo hacer?
Si cada segundo un gato sueña con una empanada de sardinas
y un niño de la guerra llora lágrimas de azúcar,
si cada segundo alguien recuerda a Marilyn Monroe
y arroja al mar su corazón como una rosa alquímica.
Es cierto, cada segundo la luna se aleja un milímetro más de la tierra,
cada segundo alguien lee a Schopenhauer
y flipa  como un caballo que acaba de aprender a bucear,
cada segundo una estrella deja de brillar
y se convierte en ese pañuelo con el que te limpias los besos que se te caen del cielo.

Cada segundo una higuera recoge los latidos de una mariposa
y le ofrece una monea de silicio a un jubilado
que apenas tiene para comer,
cada segundo un primer ministro pierde sin querer un beso en una lavandería
y una enfermera portuguesa lee  a Alberto Caeiro
mientras llora migas de Bacalhau.
Cada segundo 7.150.000.000 de corazones humanos laten
Pero, a su vez, millones se detienen 1 milisegundo si estornudan
quienes lo llevan como una ánfora de sal.

Me enrollo como un chihuahua en una sábana
y como siempre convierto la poesía
en un discurso para una asamblea de chimpancés,
en el idioma que utilizan las abejas cuando hacen el amor
con las patas llenas de polen y equivocaciones.

Pero es que cada segundo el mismo hombre sale de la misma estación de metro,
saca un termómetro debajo de su sombrero,
le pasa la lengua a la lluvia,
enciende un cigarrillo y camina por Oxford Street hasta llegar al Speakers’ Corner
para hablar de los desayunos de Francis Picabia,
luego saluda a las ardillas del Hyde Park,
reparte tarjetas de visita entre los árboles
y sonríe para derretir la nieve de sus pulmones de castor.
Cada segundo la misma chica sale del metro de Marble Arch,
Camina calle abajo, ve al hombre del que acabamos de hablar con un cigarrillo,
le sonríe, se enamora, sigue caminando nerviosamente,
vuelve la mirada atrás y se llena de nieve los labios
por una nueva oportunidad perdida.

Cada segundo una de las ardillas piensa «vaya par de gilipollas».
Cada segundo el hombre enciende un nuevo cigarrillo
y ve a la mujer de la que hablábamos al principio
flotando entre cientos de miles de mariposas.
Cada segundo un nuevo milagro se queda sin trabajo
o pasa desapercibido en una tienda de ultramarinos.
Cada segundo este poema deja de ser un poema,
se saca la corbata, se remanga la camisa
y, sin dejar de mirar hacia el crepúsculo infinito,
pronuncia tu nombre cada segundo hasta hacer cojear a la eternidad.


Nilton Santiago, Las musas se han ido de copas, Madrid, Visor, 2015.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Voz intransitada

Untitled (1961), Joan Mitchell

Más allá del trazo y la herida está el lienzo vertiginoso.

Los mares grises se vuelven salvajes
si perciben el olor a hospital.
Aquella llamada que no cogiste
regresa como la canción de otoño.
Una lluvia de hojas ocres
podrá acariciar rugosamente
esa necesidad de redención.
La culpa nos devuelve al material esterilizado,
mientras que la renuncia nos da las palabras exactas.

La tarde va imponiendo su nuevo tono
y la historia se repliega, cansada de repetirse.
La fronda oscura tintinea, el carmín lacra el delirio.
Ésta es la ofrenda, tómala:
las manos frías,
la mirada grave.
Éste es el camino que rehusaste
y hoy retornas a él apaleada e inextinguible.