viernes, 26 de junio de 2015

flâneries: el no-cielo parisiense según Cioran

 vres-Babylone (1948), Willy Ronis. 


El tedio parisiense, meridional, balcánico...
El tiempo enmohecido sobre las casas, sobre las fachadas que la historia ha salpicado de hollín… Venecia es reconfortante comparada con la cautivadora desesperanza de las calles disolventes de París. Paso por ellas y todas las congojas que provocan las vacilaciones de la fortuna  se me antojan sutiles vaivenes, timbres de gloria que me hacen ir codo a codo con la ciudad cansada. ¿En qué creer aquí? ¿En los hombres? Pero si ellos fueron. ¿En los ideales? Después de tantos, implicaría carecer de estilo. Reposo, entonces, en las fatigas de Francia y me elevo hasta el prestigioso hastío de su corazón.
La bruma gotea sobre París sus paraguas de pensamiento y se vuelve expresión de la historia antes que de la naturaleza. París está viviendo en el siglo de la niebla. ¿Por qué no puedo imaginármela en la época de los Luises? La niebla parece traducir un momento y no una esencia. La naturaleza participa en un ocaso histórico.
Me vuelvo hacia las casas y me quedo mirándolas. Y cada una de ellas se vuelve hacia mí. «Acércate, tú no estás más solo que nosotras», murmuran mis compañeras de días vacíos y noches interminables. Podemos sucumbir al encanto de las ciudades italianas, pero en ninguna parte se estará más cerca de las cosas que se integran en el hombre.
Cuando tarde ya, purificado de suspiros nocturnos, das vueltas y más vueltas sin esperanzas y sin desilusiones alrededor de la iglesia de Saint-Severin, de Saint-Etienne-du-Mont o te pasas horas y horas en la plaza de Saint-Sulpice, esperando una mañana que no deseas, la ciudad despoblada se eleva contigo hacia las inmensas inutilidades del silencio. ¿Sabrás tú hasta dónde la hiedra que flota diseminada allí donde el Sena refleja Nôtre-Dame, se ha reflejado en ti? A menudo he descendido con ella en el ahogar virtual de sus sinuosidades melancólicas.
Y en pleno día, sacudido por la sugestión de una ausencia, las fragancias de París hacían cobrar vida al vacío de tu razón de ser. Este es Su encanto, el verter consolaciones de belleza sobre los males incurables del alma, llenar de impalpables sortilegios los vacíos creados por el tiempo en que se vive. La ciudad te comprende. Se posa sobre tus heridas. Te crees perdido: en ella te reencuentras. No necesitas nada; está ante ti. Solamente Ella pude reemplazar a un amor (como el amor, también ella se te sube al corazón) y, qué extraño desatino, los hombres aman más aquí. Es tanto lo que he sido en ella que, si la abandonara, me separaría de mí mismo.
Jamás he visto un cielo tan alejado como el que se ve desde el fondo de los callejones en los que me emborrachaba de oscuridad. Pero en los bulevares, este cielo se extiende de pronto sobre la ciudad y prolonga indefinidamente el tedio con el que sueña sobre tejados pensativos.
Y aunque reviviera todos los firmamentos que se ciernen sobre mares mediterráneos y las neblinas generosas que bañan las landas bretonas, ninguno de ellos podría borrar su recuerdo. Y cuando quiero definir su encanto, caigo en mí y me lo defino: la imposibilidad de ser azul. Las nubes se deshacen lentamente; los jirones de azul no se encuentran. No pueden éstos conseguir componer un cielo que se busca y no se realiza. Los rayos de luz se filtran difusos por indecisas nieblas y se posan sobre un espacio enturbiado. Extensión gris y blanca, siempre está tapando algo: el cielo está más allá. París no tiene «cielo». Y, de tanto esperarlo, te mezclas con la niebla luminosa, pierdes en ella tu desengañada añoranza por el azul celeste, te desvaneces en la gama pardusca y caprichosa de la bóveda aparente, con el pensamiento puesto en un más allá que no sabes si quieres o no. El cielo holandés de París…
Con él me he entendido como jamás lo he hecho con nadie. Cuando elevaba la mirada hacia su inestabilidad, cada uno de sus aspectos traducía una de mis impaciencias. Cambia de hora en hora, se compone y se descompone: inconstancia de la altura, demonio escéptico del azul y de las nubes. Abandonado muy a menudo en el crepúsculo humano de la Ciudad, ¿cómo habría salido yo de la inmediatez del ninguna-parte del amor sin el consuelo de su alta vecindad? Es un otoño en flor, un fin teñido de aurora. Lo lleva uno consigo bajo todos los otros cielos.
… Y cuando, harto de atardeceres al mediodía, bajas al sur ansiando primaveras, el azul resulta ser una felicidad que envenena muy pronto su propia abundancia. La desesperanza de los días idénticos, el abuso de cielo, la saciedad de lo inmaculado se adueñan de ti y miras hacia la fuente de los consuelos con odio y aversión. ¿Dónde esconderse de tanto cielo, del inflexible sol, de la siniestra repetición del esplendor? Cuando no se tiene corazón para tanto azul ni espacio en los pensamientos para los candores de la luz, el hastío endulza con su veneno la severidad de la cruel irradiación y proyecta oquedades de pensamiento en el desierto monótono. ¿Cómo encontrar felicidades que puedan comprarse con un cielo como ése? Su perfección mata a toda alma nacida de imaginaciones inciertas.

Emil Cioran, «19», Breviario de los vencidos, Barcelona, Tusquets, 2010, 51-55.

1 comentario:

  1. Todo eso silencioso y que sin embargo nos habla, escucha escucha...

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