sábado, 7 de febrero de 2015

La mujer en blanco y negro: todos los pétalos arrojados son baldosas frías.

Amy Judd


En cada vencimiento hay algo que se regenera, la sangre tal vez. Recuerdo aquel aturdimiento constate. La sensación de oxigenarme por pura inercia tras el cristal, como estar en una burbuja o en cuarentena. Resistir como mármol rayado mientras los comensales siguen arrastrando sus sillas y tosen y la saliva salpica al suelo, donde lanzan los huesos de la carne que extirpan con sus dentaduras relucientes. Ágape de mi insomnio. Trinchemos una nueva cabeza, dicen. Sirvámonos un nuevo tentempié, un nombre arrojado al circo por el azar del encolerizado devenir del mundo. He llegado tan lejos, y sin embargo es como si nunca hubiese salido de mi casa. Como si nunca hubiese tenido que enfrentarme a la indiferencia de los rostros, al vacío de las conversaciones. A los viajes tediosos en el transporte público. Sólo sé que vivo escondida tras una montaña de títulos que me dan más calor que un cuerpo sobre mí. Siempre fueron desconocidos. Siempre creí que era justo y se me exigía mostrarme. La sinceridad era un requerimiento. Pero ni mi más verdadero yo podía sostener lo que está enfermo. Fracasar con las personas equivocadas es un logro punzante. Pero ver cómo lo verdadero se corrompe, que la mundanidad se va desvelando  y el egoísmo y la crueldad se extienden como un cáncer, conlleva a la dispersión de uno mismo como le ocurrió a Ariadna. Entonces se concluye. Entonces no hay historia. Es lo que sucede al principio, uno no entiende que ésa es precisamente la historia. Tantos años esperando lo extraordinario y obviando lo verdadero, el significado cuajado en la prestidigitación de una hoja seca que se precipita al vacío. Y es que siempre acaba habiendo historia, sólo hay que saber mirar. En las ruinas hay ecos y leyendas, la madera lo sabe y lo esconde bajo sus arrugas. Siempre acaba habiendo historia. Los sueños muertos son historia. Los pétalos deshidratados son historia. Este gesto es historia. La quietud de la tarde gélida, la danza punteada de los pájaros, un balcón, la barandilla oxidada, el ronroneo de los gatos. Recuerdo que caminaba pensando en París a todas horas. Ésa era mi historia, y no lo que los otros creyeron saber sobre mí. Eso me hacía libre para pasear hacia la lejanía abrazando nuevas tormentas y fines. Emanciparse. Vivir. 

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