sábado, 21 de febrero de 2015

Homenaje a una estrella de mar (fragmento)

En el jardín de la embajada de Nueva Delhi Lucy e Yves Boouneloy, Octavio Paz, Aurora y Julio Cortázar, 1968.

Presocrático en el sentido más osado de un término que hará sonreír a aquellos que se bañan demasiado en el río de la historia y del “progreso”, el pensamiento de Paz asciende hacia el canto total del ser, así como su poesía es una búsqueda obstinada del sentido extremo de las cosas: mujer, pájaro, destino mexicano, porvenir de América Latina. Como latinoamericano, sabe que entre nosotros todo espera en cierto modo un redescubrimiento, y en primer término el redescubrimiento del hombre mismo, y que para ello no sólo no se debe renunciar ingenuamente al acervo de las civilizaciones crepusculares, sino que es preciso buscar, como lo buscó el crepuscular Mallarmé, la forma de dar un sentido más puro a las palabras de la tribu.
Octavio Paz se obstina desde hace mucho en esa búsqueda, mirando por cada una de las ventanillas del tren Verbo, consultando las fuentes más selladas del erotismo, los signos esotéricos o exóticos, suscitando las respuestas que se desgajan de un “haikú”, de un relieve de Kajuraho o de Konarak, de un método estructuralista, del que habla de su pueblo, de un “ready-made”, de las mitologías americanas, de la poesía de un Fernando Pessoa o de un Luis Cernuda. En un hombre que ha sabido mostrar su responsabilidad personal al definir claramente su posición frente a los siniestros acontecimientos que convulsionan su patria, esta interrogación tiene un sentido revolucionario ejemplar.
A veces discutibles, siempre exaltantes, los múltiples ensayos de Paz referidos a una vertiginosa pluralidad de temas, dan prueba de un pensamiento y de una visión que se sitúan entre las más altas y las más coherentes de la América Latina contemporánea. Volcado abiertamente hacia el futuro (y, para eso, conociendo a fondo un pasado que tantos escritores revolucionarios fingen despreciar por la simple razón de que lo ignoran), Paz postula a su manera ese “hombre nuevo” del que tanto se habla en nuestros países. Para él, en todo caso, ese hombre se define como el llamado a abrazar una realidad mucho más vasta que la de nuestros días en América Latina y en el resto del planeta. Y si la revolución le abre algún día ese acceso, ello será posible si la poesía está presente en la cita. Una poesía de vida, que nada tiene que ver con esa desvelada vida poética que se obstinan en defender tantos románticos anacrónicos en sus torres de marfil e incluso de cemento armado.
Hace ya mucho que Octavio Paz hace cantar esa poesía, que es llave de paso, en una lengua capaz de aliar implacablemente la belleza al rigor, dando también así un ejemplo de un país como México donde perviven las tendencias a la retórica y al engolamiento. En el corazón de esa obra se alza Piedra de sol, para mí el más admirable poema de amor jamás escrito en América Latina, respuesta en el dominio erótico a la sed de confrontación total del hombre con su propia trascendencia, allí donde todas las falsas fronteras se ven abolidas, donde el ser no se reduce al yo histórico del Occidente sino que se abre a una armonía con tantos dioses abjurados o perdidos: los dioses del cuerpo, que son innumerables, los dioses del canto, los dioses de la felicidad que acarician llorando la cabeza de los niños de los suburbios miserables y de los Vietnam del planeta, los dioses que sólo esperan al hombre para cederle el lugar en una Tierra al fin reconciliada.
La estrella de mar sigue ahí, en la playa, síntesis y nueva partida, dialéctica secreta y sin embargo tan próxima, tan accesible. Pocos son los que, como Octavio Paz, han comprendido que la estrella de mar los llama hacia su centro después de haber inventado tantos nuevos puntos cardinales para las vertiginosas fugas del espíritu y la carne. Brújula, rosa de los vientos… 


Julio Cortázar, «Homenaje a una estrella de mar», en Ángel Flores (ed.), Aproximaciones a Octavio Paz, México, Joaquín Mortiz, 1974, pp. 13-15. 

El asesinato de Orlando Letelier

sábado, 7 de febrero de 2015

Ciutat Morta (2014), Xavier Artigas y Xapo Ortega


El 8 junio de 2013, 800 personas entran en un cine abandonado del centro de Barcelona con el fin de proyectar un documental. El antiguo edificio lo rebautizan como Cinema Patricia Heras en honor a una chica que se suicidó dos años antes. ¿Pero quién es Patricia? ¿Por qué decidió quitarse la vida? ¿Qué relación tiene su muerte con Barcelona? Las respuestas a estas preguntas son exactamente lo que quiere dar a conocer esta acción ilegal y de gran impacto mediático: que se sepa la verdad sobre uno de los peores casos de corrupción policial en Barcelona, en la ciudad muerta.


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La mujer en blanco y negro: todos los pétalos arrojados son baldosas frías.

Amy Judd


En cada vencimiento hay algo que se regenera, la sangre tal vez. Recuerdo aquel aturdimiento constate. La sensación de oxigenarme por pura inercia tras el cristal, como estar en una burbuja o en cuarentena. Resistir como mármol rayado mientras los comensales siguen arrastrando sus sillas y tosen y la saliva salpica al suelo, donde lanzan los huesos de la carne que extirpan con sus dentaduras relucientes. Ágape de mi insomnio. Trinchemos una nueva cabeza, dicen. Sirvámonos un nuevo tentempié, un nombre arrojado al circo por el azar del encolerizado devenir del mundo. He llegado tan lejos, y sin embargo es como si nunca hubiese salido de mi casa. Como si nunca hubiese tenido que enfrentarme a la indiferencia de los rostros, al vacío de las conversaciones. A los viajes tediosos en el transporte público. Sólo sé que vivo escondida tras una montaña de títulos que me dan más calor que un cuerpo sobre mí. Siempre fueron desconocidos. Siempre creí que era justo y se me exigía mostrarme. La sinceridad era un requerimiento. Pero ni mi más verdadero yo podía sostener lo que está enfermo. Fracasar con las personas equivocadas es un logro punzante. Pero ver cómo lo verdadero se corrompe, que la mundanidad se va desvelando  y el egoísmo y la crueldad se extienden como un cáncer, conlleva a la dispersión de uno mismo como le ocurrió a Ariadna. Entonces se concluye. Entonces no hay historia. Es lo que sucede al principio, uno no entiende que ésa es precisamente la historia. Tantos años esperando lo extraordinario y obviando lo verdadero, el significado cuajado en la prestidigitación de una hoja seca que se precipita al vacío. Y es que siempre acaba habiendo historia, sólo hay que saber mirar. En las ruinas hay ecos y leyendas, la madera lo sabe y lo esconde bajo sus arrugas. Siempre acaba habiendo historia. Los sueños muertos son historia. Los pétalos deshidratados son historia. Este gesto es historia. La quietud de la tarde gélida, la danza punteada de los pájaros, un balcón, la barandilla oxidada, el ronroneo de los gatos. Recuerdo que caminaba pensando en París a todas horas. Ésa era mi historia, y no lo que los otros creyeron saber sobre mí. Eso me hacía libre para pasear hacia la lejanía abrazando nuevas tormentas y fines. Emanciparse. Vivir.