jueves, 22 de enero de 2015

Pájaro

James SageRobert Doisneau et Pierre Derlon, L'enfant et la colombe (1978)


y un pájaro cantando afuera.
Está a punto de oscurecer
y nubes grises amenazan con embestirnos desde las montañas.
Será que celebra la tormenta.
Y el ritual de las farolas,
la ropa tendida que requerirá ser inminentemente rescatada,
la lámpara que descubre al cómplice.
Soy como este pájaro
que sólo sabe cantar bajo cielos apocalípticos
y enmudece estupefacto y desconfiado
cuando la lluvia remite.
Le parece insultante recurrir a las palabras,
perecer con ellas
en esa dependencia absurda
que traiciona la estampa del cielo raso.
Entonces, algo así como el silencio.
Fíjate, Apolo y Dionisos calibrándose
en alas humedecidas,
en gorjeos
y tímidos aleteos de pestañas.
Debéis comprender que la poesía es tan inútil como los dioses.
Deleite o visceralidad,
no decide el cielo,
ni el pájaro,
quién decide respirar o envejecer.
Filtrar gotas ─o el mundo─
es un acto de fe.
Cantar la tormenta,
 la más perfecta forma de resistencia.
He vagado por esta playa invernal
demasiado tiempo,
y el mar latiente no me contradice
─al menos en esto.
La poesía es un mito inevitable
                                y la supervivencia
un último acto entre bastidores.

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