jueves, 22 de enero de 2015

Pájaro

James SageRobert Doisneau et Pierre Derlon, L'enfant et la colombe (1978)


y un pájaro cantando afuera.
Está a punto de oscurecer
y nubes grises amenazan con embestirnos desde las montañas.
Será que celebra la tormenta.
Y el ritual de las farolas,
la ropa tendida que requerirá ser inminentemente rescatada,
la lámpara que descubre al cómplice.
Soy como este pájaro
que sólo sabe cantar bajo cielos apocalípticos
y enmudece estupefacto y desconfiado
cuando la lluvia remite.
Le parece insultante recurrir a las palabras,
perecer con ellas
en esa dependencia absurda
que traiciona la estampa del cielo raso.
Entonces, algo así como el silencio.
Fíjate, Apolo y Dionisos calibrándose
en alas humedecidas,
en gorjeos
y tímidos aleteos de pestañas.
Debéis comprender que la poesía es tan inútil como los dioses.
Deleite o visceralidad,
no decide el cielo,
ni el pájaro,
quién decide respirar o envejecer.
Filtrar gotas ─o el mundo─
es un acto de fe.
Cantar la tormenta,
 la más perfecta forma de resistencia.
He vagado por esta playa invernal
demasiado tiempo,
y el mar latiente no me contradice
─al menos en esto.
La poesía es un mito inevitable
                                y la supervivencia
un último acto entre bastidores.

domingo, 18 de enero de 2015

los intersticios del sueño

La Jetée (1962), Chris Marker

Así pasan los momentos, momentos verídicos del tiempo sin espacio en que lo sé todo y, sabiéndolo todo, me desplomo bajo el salto del sueño sin yo.
Entre esos momentos, en los intersticios del sueño, la vida intenta construir en vano, pero el andamio de la insensata lógica de la ciudad no sirve de apoyo. Como individuo, como carne y sangre, me nivelan todos los días para formar la ciudad sin carne ni sangre, cuya perfección es la sima de toda lógica y la muerte del alma. Estoy luchando contra una muerte oceánica en que mi propia muerte no es sino una gota de agua que se evapora. Para alzar mi vida individual una simple fracción de centímetro por sobre este mar de sangre que naufraga, he de tener una fe mayor que la de Cristo, una sabiduría más profunda que la del mayor profeta. He de tener la capacidad y la paciencia para formular lo que no va contenido en el lenguaje de nuestro tiempo, pues lo que ahora es inteligible carece de sentido. Mis ojos son inútiles, pues sólo me devuelven la imagen de lo conocido. Mi cuerpo entero ha de convertirse en un rayo constante de luz, que se mueva con mayor rapidez todavía, que nunca se detenga, nunca mire hacia atrás, nunca se consuma. La ciudad crece como un cáncer; yo he de crecer como un sol. La ciudad corre cada vez más el rojo; es un insaciable piojo blanco que tarde o temprano debe morir de inanición. Voy a matar de hambre al piojo blanco que me devora. Voy a morir en cuanto ciudad para volver a ser un hombre. Así, pues, cierro los oídos, los ojos, la boca.


Henry Miller, Trópico de Capricornio, Madrid, Cátedra, 2008, pp. 188-189.

jueves, 15 de enero de 2015

lunes, 5 de enero de 2015

Un homme qui dort

Un homme qui dort (1974), Georges Perec et Bernard Queysan

C’est un jour comme celui-ci, un peu plus tard, un peu plus tôt, que tu découvres sans surprise que quelque chose ne va pas, que, pour parler sans précaution, tu ne sais pas vivre, que tu ne sauras jamais.